YO: -Pasa que conocés a alguien interesante, te empezás a ilusionar y al final ves que en realidad no es así. Por eso trato de no engancharme con el tema.
NACHO*: -¿Con forzar la realidad?
Y.: -No, con conocer a alguien.
Yo combato -o combino- la depresión con el aseo doméstico. Es que deprimirse tiene la desventaja de ser un empleo full-time. Llama la gente y te pregunta si saliste a ver el sol que hay, ponele. ¿Qué les decís? Que no, que estuviste de lo más ocupada. ¡Y es cierto! ¿Cómo vas a tener tiempo si tenés que pasar dieciocho horas en estricto piyama? Y dedicarle sesiones diarias al llanto, ser tu propio caddie recoge-carilinas, ver las novelas trágicas de la tarde sin cortes, tararear baladas con las radios tristes, estar al día con el desaliño personal, comer poco… es una agenda que descorazona a cualquiera.
Por suerte el fordismo nos enseñó que se pueden compatibilizar tareas para aprovechar mejor los tiempos. Paso a detallar: podés llorar y sacudir la alfombra con ácaros, perder el apetito mientras destapás el inodoro con ácido clorhídrico e inhalás su vaho, despenarte trepando a la azotea en ojotas para plumerear la antena y así por el estilo.
Gracias a esta depresión proactiva, la casa está impecable. Pensando en positivo, diré que hasta podría compensar mis gastos en productos de limpieza y volverme rica: mi autoestima, por las honduras donde circula, ya es capaz de hallar yacimientos petrolíferos.
(*) Nacho es el nombre falso del que una vez afirmó extasiado “qué lindo tener plata y gastarla en cosas caras para limpiar, Blem naranja, Mr. Músculo antigrasa, ¡Lysoform Citrus!…” Está claro por qué nos hicimos amigos.

