VOLANTERA: (Reparte panfletos de su agrupación a troche y moche, incluso con violencia)
JOSEFINA*: (Esconde las manos y se anticipa) –Gracias, ya tengo.
V.: -(Despreciativa, escamotea la pila de folletos) –Ah, igual no te iba a dar, nena.
Hay dos tipologías básicas que conviene distinguir: el mercenario (le pagan; su hábitat preferido son las avenidas) y el ad-honorem (lo hace por amor a la camiseta -del Che- y frecuenta en manada las universidades públicas). Estos últimos suelen ser feroces y acompañar la volanteada con aullidos de propuesta electoral.
En el próximo encuentro hablaremos sobre los volanteros mercenarios, las categorías en que se dividen y sus frases favoritas. Lo urgente ahora son las medidas de prevención contra los ad-honorem. Si te ataca alguno, intentá debatir sin dejar que ponga en marcha su casete discursivo; equivale a no correr en línea recta cuando te persigue un cocodrilo.
Para que la comparación anterior tenga sentido supondré que es muy habitual ser perseguido por cocodrilos en la ciudad y que todos sabemos cómo huir de los mismos. Es una hipótesis mía porque con lo de la gripe N1H1 hace mucho que no piso las calles y me las imagino como un pandemónium de transeúntes malévolos que estornudan porcinamente, valerosos reporteros munidos de micrófono y alcohol en gel que los combaten, Godzilla refrescándose en los lagos de Palermo, un convoy de insurrectos animales del zoo puestos en libertad por cerdos resfriados a los que ni Elliot Ness puede detener por miedo a acercarse, y lo peor: votantes de Macri sin bozal.
Continuará.
(*) Josefina es en realidad una compañera mía la mar de finolis que, paradójicamente, tiene el nombre femenino más peronista del que se tenga noticia.


