YO: -(Deambula por la banquina sin nada que hacer, mirando el colectivo varado y notando que alguien está usando el WC de la unidad, por el líquido que gotea en el asfalto. Ve al chofer manipulando con el tanque de combustible y se le acerca por puro aburrimiento) Y, ¿se arregla?
CHOFER: -No, no agarra, ves, le entra aire al tubo *palabrotas diversas* y entonces no enciende el motor.
Y: -(Habla por hablar) ¿Será por el gasoil?
CH: -(Indignado) ¡Pfff! ¡Si al menos FUESE GASOIL esto que le cargam…(Se interrumpe y cautamente prefiere callar antes que revelarle a una de sus pasajeras que la fórmula del “gasoil” se compone en sus tres cuartas partes de agua y kerosén.)

Carola*, la más comunista de la comunidad, me había pedido prestado Todos los fuegos el fuego hacía unos meses. Durante el plantón rutero bajo la artillería del sol cuyano no paró de hallar similitudes entre nuestra situación y La Autopista del Sur. Sólo que nosotros no estábamos en París, ni había autos, ni llovía. Ni llovería.
La fuente de agua más cercana quedaba a diez kilómetros. Un par de muchachos rústicos y desconocidos con quienes compartíamos el charter para dividir gastos, fueron a por ella. De más está decir que no llegaron. Ya se sospechaba que el líquido elemental no sería de su devoción, porque venían armando cocktails de fernet “Milán” con Pritty Cola desde las diez de la mañana, y convidándoselos al chofer en la base recortada de una botella plástica. Muy popular y autóctono todo, como el tetrabrick de “Mar de Arenas” del que no me despegué en toda la siesta, por más que estuviera caliente, con restos de azúcar de caña y olor a vinagre. Es que no me quería deshidratar. De todas formas convengo en que “Mar de arenas” es un nombre negativamente sugestivo para un vino con pinta de rasposo; estando en un desierto ni les cuento. Como no le sacamos fotos y resulta imposible hallarlo de nuevo, les ofrezco aquel “Manojo de uvas”, el reemplazo impecable.
En un momento apareció un joven imberbe, junto a un perro collie de puro pedigree. Nuestro hombre del grupo gritó esperanzado que venía Lassie a rescatarnos, pero no; era el jefe de los cerdos que habíamos mirado con hambre hacía rato. La clásica travesía de tres horas, a Gallardo le demandó salir a las ocho de la mañana y llegar a medianoche. En ese instante exacto nos dejó frente a la solitaria cabaña que calculábamos copada por vagos, a metros del río. (…) Años después, en un test de Posmopolitan* pícaramente llamado “¿Te gusta la aventura?”, a Lara* y a mí nos salió que deberíamos ser más arriesgadas y osar, por ejemplo, hacer dedo a la salida de un boliche veraniego en la costa atlántica. (Suspira)
El relato de cómo terminamos tomando gasoil de una manguera, el de cómo arreglé un inodoro rompiendo un mosquitero, el de la existencialista caminata hacia la Nada, el de cuando en pleno viaje a la audaz velocidad de 60 km/h se voló parte de la carrocería, el de las algas como ropa, el del jugo navegante, el de los artezánganos pedigüeños y el de cuando la amenazante Lulú* correteó a botellazos a unos chetos que nos tocaron bocina desde su 4x4, quedan para la próxima.
(*) Marianela no es la verdadera identidad de esta persona; me está cansando aclararlo siempre.
(*) Beto en realidad tiene un lindo nombre y no se apoda así porque cuando nació, su hermana me contó que alguien con muy buen tino dijo que ya basta con la costumbre de ponerle Gualberto a los varones de la familia. Pero al final se lo puse yo acá, para salvaguardar la Tradición y contar otra anécdota curiosa con esto de los nombres. Ojalá que nunca se entere porque me mata.
(*) Violeta es el nombre falso que digo que es práctico porque reemplaza nombres verdaderos de flores y también de colores.
(*) Posmopolitan es un nombre falso que describe a la perfección la real idiosincrasia de cierta revista femenina.
(*) Lara es el cambio de un apodo verdadero, que nunca supe de dónde salió.
(*) Lulú no se llama así, pero tiene los rulos del personaje epónimo.